El pasado 14 de julio de 2025, en la playa de El Saler (València), apareció el cadáver de una tortuga laúd (Dermochelys coriacea). El ejemplar, una hembra de grandes dimensiones, mostraba signos evidentes de asfixia por una red fantasma, es decir, una red de pesca abandonada que sigue matando mucho después de haber sido descartada por el ser humano.
El suceso ocurrió en pleno Parque Natural de L’Albufera, uno de los ecosistemas más sensibles y protegidos del Mediterráneo español. No era una playa remota. Era una de las nuestras. Un lugar donde niños juegan, adultos pasean, y donde una criatura que lleva más de 100 millones de años en la Tierra encontró un final absurdo, consecuencia directa de nuestra falta de cuidado.

Ejemplar de Dermochelys coriacea encontrada muerta / Foto: XALOC MAR
¿Quién es la tortuga laúd?
La tortuga laúd es un verdadero gigante prehistórico. Es la mayor de todas las tortugas marinas vivas y una de las más impresionantes criaturas que habitan nuestros océanos:
- Nombre científico: Dermochelys coriacea
- Tamaño: hasta 2,2 metros de longitud
- Peso: hasta 900 kg (el ejemplar hallado pesaba unos 700 kg)
- Caparazón: no tiene placas óseas duras, sino una estructura flexible y coriácea con crestas longitudinales, que le da un aspecto de armadura suave
- Alimentación: principalmente medusas. De hecho, su papel ecológico es fundamental para controlar poblaciones de estos invertebrados
- Migración: protagoniza las migraciones más largas entre los reptiles, viajando miles de kilómetros entre zonas de alimentación y reproducción
- Reproducción: las hembras excavan nidos en playas arenosas tropicales, donde depositan hasta 100 huevos por puesta
Su distribución es prácticamente global: desde las costas del trópico hasta aguas frías del Atlántico norte. Aunque es rara en el Mediterráneo, ocasionalmente visita nuestras costas, especialmente para alimentarse, y de forma muy excepcional llega a desovar.
Redes fantasma: trampas invisibles
Una red fantasma no es solo basura. Es una máquina de matar silenciosa, hecha de materiales resistentes que pueden flotar o quedar atrapados en el fondo marino durante décadas. Las tortugas, al no poder liberarse al enredarse, acaban asfixiadas. Su forma de nadar —movimientos de aleta amplios y pausados— las hace especialmente vulnerables.
Este tipo de basura marina representa una gran amenaza no solo para la fauna, sino también para pescadores, embarcaciones, buceadores y los propios ecosistemas. En este caso, el escenario es especialmente trágico por haberse producido en un espacio protegido que, paradójicamente, no pudo protegerla.
Lo que esta tortuga laúd nos enseña
Cada tragedia como esta debe leerse como un símbolo. Y, sobre todo, como una llamada a la conciencia. Porque aunque la tortuga laúd esté en peligro por muchas razones —contaminación, cambio climático, destrucción de playas de anidación, colisiones con embarcaciones— este caso particular es directamente atribuible a nosotros.
Una red no llega al mar por accidente. Llega por desidia, por malas prácticas, por falta de vigilancia o por negligencia empresarial. Cada trozo de plástico, red o basura que soltamos al medio representa una sentencia de muerte para alguna forma de vida marina.
¿Qué podemos hacer?
Nadie puede salvar el planeta solo, pero todos podemos dejar de dañarlo. Aquí algunas acciones personales y colectivas que pueden marcar una diferencia:
- Reduce tu uso de plásticos: especialmente los de un solo uso.
- No dejes basura en playas o ríos: todo lo que cae en la tierra, termina en el mar.
- Participa en limpiezas costeras o apoya asociaciones como Xaloc Mar, que vigilan e intervienen.
- Promueve leyes contra la pesca ilegal y el abandono de redes: y exígele a tus representantes políticos que lo hagan también.
- Educa y sensibiliza: lo que no se conoce, no se valora. Comparte esta historia con tus hijos, amigos, compañeros.
Una despedida que no debería haber ocurrido
La tortuga laúd nos habla de millones de años de evolución, de océanos atravesados en silencio, de equilibrios perfectos que hemos roto. Nos habla del tiempo profundo de la Tierra, de ese que no entiende de modas ni de agendas, pero sí de consecuencias.
Hoy, su cadáver tendido en la arena nos recuerda algo incómodo: no estamos por encima de la naturaleza, sino en medio de ella. No somos los dueños del planeta, sino parte de su relato. Y, tal vez, los responsables de que su historia tenga o no un final feliz.
¿Y tú, qué eliges?
Te invito a que pienses una sola acción que puedas implementar hoy. Solo una. No hace falta salvar al mundo esta semana, pero sí empezar a repensar nuestro papel en él. La próxima tortuga que llegue a nuestra costa debería hacerlo nadando… no muerta.
